La felicidad
¿una idea nueva?
Emilio José
Ugarte (*)
¿Una idea nueva? ¿Por
qué la felicidad, ese sentimiento tan prístino, jovial, inocente y fresco
podría ser nueva? ¿Es que acaso los europeos de fines del siglo XVIII no eran
felices? Según Saint Just no.
Para los hombres que
luchaban por el triunfo de la razón, el cristianismo había optado por sofocar
la aspiración mundana de la felicidad. El reino de los cielos era la felicidad
eterna, y para obtenerlo había que privarse de las tentaciones vulgares, de las
bajas pasiones y de la vida sin sacrificios. Contra gran parte de este corpus
se levantaron los hombres que a partir de 1789 quisieron construir un nuevo
mundo.
Y en el caso de Chile,
¿la felicidad es una idea nueva? Creo que sí, es una idea nueva por una
sencilla razón: los chilenos no nos aceptamos a nosotros mismos. Y no nos
aceptamos a nosotros mismos porque no nos conocemos a nosotros mismos. Tenemos
una poco glamorosa tradición de pretender siempre ser quienes no somos, de
mirar siempre con provinciana devoción todo lo que allende las fronteras puede
entregarnos, pero jamás reparamos en privilegiar lo que poseemos, nuestras
virtudes, pensamientos, cultura, arte y creaciones. Vivimos queriendo ser
europeos, estadounidenses, argentinos, caribeños, colombianos u orientales.
Admiramos la cultura
foránea, la música extranjera, el arte de otros mundos, pero no reparamos en lo
que tenemos. No pensamos en Roberto Matta, pero morimos por Dalí. No queremos a
Los Ángeles Negros, a Antonio Prieto, a Los Jaivas, a Lucho Gatica, a Los
Prisioneros y La Ley. Ni hablar de Violeta Parra o Víctor Jara, sin quienes la
música latinoamericana no sería lo mismo, pero cualquier mediocre musiquillo de
afuera es recibido con alfombra roja. No pensamos en Raúl Ruíz más que en su
muerte, mientras la obra de Pedro Sienna, Aldo Francia, Miguel Litín o los
nuevos creadores queda sólo para el “cine arte”. Y ni hablar de las letras: ahí
están, esperando, los José Donoso, los Carlos Droguett, los Manuel Rojas. Y así
podríamos seguir por días, noches, semanas…
La felicidad tal vez
es algo más sencillo de lo que creemos. Y está, muchas veces, en nosotros
mismos, en encontrar nuestro pensamiento, nuestros gustos, nuestras expresiones.
Nuestra cultura. No sólo como sociedad, sino como personas, debemos abrir
nuestras mentes y dejar que todo fluya, que el yo sea el encargado de decirnos
qué somos, qué queremos, qué nos gusta, qué pensamos. En qué creemos.
Saint Just, el
“arcángel del Terror” como le llamaron sus enemigos, proclamó la novedad de una
felicidad que era el símbolo de una nueva era, de una nueva forma de enfrentar
la existencia. Es hora de que esas palabras sabias y revolucionarias sean oídas
a los pies de los Andes.
(*) Licenciado en
Historia, Periodista y Magíster en Estudios Internacionales.
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