lunes, 10 de diciembre de 2012

La felicidad ¿una idea nueva?



La felicidad ¿una idea nueva?

Emilio José Ugarte (*)

Mientras la Bastilla era asaltada sin piedad por el pueblo parisino y los nuevos Brutos y Catones se disponían a construir un nuevo mundo inspirados en las ideas de la Ilustración y la Modernidad, Louis de Saint Just, el heroico, altanero, elegante y juvenil jacobino, amigo y compañero de Roberspierre, proclamó a los cuatro vientos que “la felicidad es una idea nueva en Europa”.

¿Una idea nueva? ¿Por qué la felicidad, ese sentimiento tan prístino, jovial, inocente y fresco podría ser nueva? ¿Es que acaso los europeos de fines del siglo XVIII no eran felices? Según Saint Just no.


La felicidad, a lo largo de la historia, ha tenido pocos defensores de renombre. Religiones, campañas de conquista, ideas políticas e, incluso, conceptos filosóficos han tenido la suerte de tener más y mejores defensores.  Sin embargo, por alguna extraña razón, en especial en el mundo judeo-cristiano, algo tan vital como la felicidad nunca ha sido tomada en cuenta en sus más profundas acepciones.

Para los hombres que luchaban por el triunfo de la razón, el cristianismo había optado por sofocar la aspiración mundana de la felicidad. El reino de los cielos era la felicidad eterna, y para obtenerlo había que privarse de las tentaciones vulgares, de las bajas pasiones y de la vida sin sacrificios. Contra gran parte de este corpus se levantaron los hombres que a partir de 1789 quisieron construir un nuevo mundo.

Y en el caso de Chile, ¿la felicidad es una idea nueva? Creo que sí, es una idea nueva por una sencilla razón: los chilenos no nos aceptamos a nosotros mismos. Y no nos aceptamos a nosotros mismos porque no nos conocemos a nosotros mismos. Tenemos una poco glamorosa tradición de pretender siempre ser quienes no somos, de mirar siempre con provinciana devoción todo lo que allende las fronteras puede entregarnos, pero jamás reparamos en privilegiar lo que poseemos, nuestras virtudes, pensamientos, cultura, arte y creaciones. Vivimos queriendo ser europeos, estadounidenses, argentinos, caribeños, colombianos u orientales.

Admiramos la cultura foránea, la música extranjera, el arte de otros mundos, pero no reparamos en lo que tenemos. No pensamos en Roberto Matta, pero morimos por Dalí. No queremos a Los Ángeles Negros, a Antonio Prieto, a Los Jaivas, a Lucho Gatica, a Los Prisioneros y La Ley. Ni hablar de Violeta Parra o Víctor Jara, sin quienes la música latinoamericana no sería lo mismo, pero cualquier mediocre musiquillo de afuera es recibido con alfombra roja. No pensamos en Raúl Ruíz más que en su muerte, mientras la obra de Pedro Sienna, Aldo Francia, Miguel Litín o los nuevos creadores queda sólo para el “cine arte”. Y ni hablar de las letras: ahí están, esperando, los José Donoso, los Carlos Droguett, los Manuel Rojas. Y así podríamos seguir por días, noches, semanas…

La felicidad tal vez es algo más sencillo de lo que creemos. Y está, muchas veces, en nosotros mismos, en encontrar nuestro pensamiento, nuestros gustos, nuestras expresiones. Nuestra cultura. No sólo como sociedad, sino como personas, debemos abrir nuestras mentes y dejar que todo fluya, que el yo sea el encargado de decirnos qué somos, qué queremos, qué nos gusta, qué pensamos. En qué creemos.

Saint Just, el “arcángel del Terror” como le llamaron sus enemigos, proclamó la novedad de una felicidad que era el símbolo de una nueva era, de una nueva forma de enfrentar la existencia. Es hora de que esas palabras sabias y revolucionarias sean oídas a los pies de los Andes.





(*) Licenciado en Historia, Periodista y Magíster en Estudios Internacionales.

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