Marta Galleguillos*
Cuando los años transcurren y la madurez llega en frutos de satisfacciones, el alma del ser humano se com-place con la obra de Dios que quiere para nosotros un camino hacia la felicidad a través del amor que poda-mos tener los unos hacia los otros.
El maestro espiritual, nos ha legado la palabra hecha música y la música hecha espíritu, para sonar en el alma de niños y jóvenes a través de la hermosa labor de profesor o profesora de música.
La música y su bello lenguaje que trasciende fronteras y llega cada día a nuestras salas de clases en muchos colegios, institutos, universidades y corporaciones culturales, alfabetizando, educando, desarrollando capaci-dades, elevando el goce estético, y dando espacios para la expresión, a través de su lenguaje universal, se impregna en la vida de cada uno a través de los años.
Cuando un buen profesor de música llega a dar su clase, los alumnos están alegres, con-fiados, desafiados a la superación, activos, interesados, motivados y sobre todo encanta-dos de aprender música. Encuentran en la música un espacio para la expresión y pueden soñar, aspirar, tener metas que los impulsan a compartir con otros, ser parte de un grupo y encontrar nuevos rumbos a sus intereses.
El convertir a la educación musical como un privilegio, y no como un derecho en la for-mación integral de un ser humano, divide culturalmente a la sociedad, pues si algunos acceden a clases de música y otros no, estamos sentando un precedente de desigualdad de oportunidades y accesos a esta bella disciplina.
*Profesora Facultad de Educación

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