Si consideramos los excelentes resultados en las pruebas de medición internacionales sobre eficiencia y calidad de la educación de algunos países como Singapur, Finlandia, Canadá, Japón, entre otros, los resultados no son otra cosa que la consecuencia de múltiples factores que determinan ese medible y cuantitativo efecto, pero que ciertamente nos llaman a hacer una reflexión sobre el costo que se paga por alcanzar dichos ranking y que posible-mente se contradicen con el modelo antropológico y la visión de sociedad de una humanidad que está cambiando radicalmente y que pretende tomar con-ciencia real desde hace mucho tiempo sobre el despertar valórico y colectivo del espíritu humano.
Cuando uno analiza los rituales de exigencia académica a que son sometidos los estudian-tes en los países mencionados, y en especial en los países orientales, me parecen ritos de una antropología educativa y laboral desgastada y fuera del contexto del modelo de hombre y sociedad de formación holística e integral, por cuanto en muchos de estos países subyace una conciencia colectiva que no se declara, pero que subsiste en el inconsciente colectivo social de prohibir en todo aspecto el fracaso, fundamentado posiblemente en las consecuencias negativas que podría ocasionar una eventual y deteriorada imagen internacional de dichos países y constatada en forma visible en instrumentos convencionales que ocultan el costo de lo que significa llegar a la excelencia, costos que se traducen en altos índices de alcoholismo, depresión, quiebre de valores y suicidios de estudiantes y profesionales que se lanzan al vacío por cuanto no están dispuestos al fracaso por ningún motivo.
Creo firmemente que el objetivo de la educación en los estados democráticos es esencial-mente lograr que todas las voluntades tengan como común denominador la comprensión y la práctica permanente del concepto de respeto, responsabilidad ciudadana y conservación de un modelo antropológico verdaderamente humano, y dentro de este consenso libre y autónomo de vida cada persona alcance minuto a minuto su mayor logro, su mayor riqueza; el “DERECHO A SER FELIZ”, pero que esa felicidad de todos y de cada uno no se alcance después de muchos años, sino que la vivamos día a día, que vivir a diario nos reporte felicidad; en el hogar, con los amigos, con los compañeros de estudio, en el mundo universitario, en lo laboral y con nuestros seres queridos, disfrutando de los lugares urbanos, rurales, aprendiendo a conservar y apreciar la naturaleza, el campo, el mar, la montaña, el aire puro, que en cada minuto de vida los seres humanos disfruten de las porciones de felicidad indubitadas que nos reporta el solo hecho de vivir, incluso que la práctica permanente de los maestros consista en la praxis veraz y eficaz de la pedagogía de la felicidad, aplicando sistema de enseñanza y de evaluación don-de se logren ciertamente resultados exitosos, pero no con sistemas poco atractivos de enseñanza y formas de evaluación que resultan ser modelos misteriosos y ocultos que no son otra cosa que verdaderos remanentes o resabios medievales, como si un verdadero demonio griego envolviera aun los mundos educativos, manteniendo a la humanidad estudiantil con temores y cadenas propiciadas por mentes insanas que pretenden aun deteriorar y depredar cada vez más la humanidad y el entorno, ciegos de poder vislumbrar y construir una visión de hombre y sociedad totalmente renovada.
Sin duda que es importante que los alumnos alcancen metas curriculares necesarias y esenciales, pe-ro encaminadas al logro eficaz de sus nobles propósitos humanos y que los maestros no se agoten en función de sus estudiantes, que apliquen permanentemente metodologías actualizadas con la praxis constante del privilegio de educar sobre la base de conjugar el verbo amar y el calificativo indubitado de apuntar al logro de la felicidad de las personas.
Creo que sería interesante para responder a esto, incorporar en los instrumentos de medición, tópicos sobre; educación para la felicidad, educación en valores, educación para la salud, educación para la conservación del medio ambiente o bien preguntar directamente a todos a los cuales se les aplican dichos instrumentos; si son verdadera-mente felices, si disfrutan de la vida, si disfrutan de su entorno, si están contentos con vivir en su país y si aman su planeta.
No debemos olvidar que la mayor parte del tiempo de cada ser humano se desarrolla dentro del sistema educativo y laboral por tanto debemos saber con precisión si en aquellos países emblemáticos que son modelos de calidad en la educación, se están formando verdaderamente ciudadanos responsables y lo suficientemente felices.
David Torruella
Abogado ,
Profesor de Estado en Historia y Geografía, Universidad de Talca.
Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, UNED, España.

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