miércoles, 23 de julio de 2014

El escritor en mi interior




En algún momento de mi último semestre de educación media encontré el guion de la película que queríamos filmar con mi mejor amigo, pero que no pudimos por razones económicas. En ese momento decidí adaptarlo a una novela en la que llevo cerca de dos años trabajando. Al momento de escribir este texto he escrito un total de 32.427 palabras en 72 páginas de Word. Y en esos casi dos años he sentido una presencia en mi cabeza, mi alter-ego que paga por todas aquellas decepciones y malos momentos que se han vuelto parte de la trama de este texto.

Lo difícil de ser un “escritor aficionado” es aquella presión de tener a dos personas compartiendo la misma mente. Aquella segunda persona tiene la mala costumbre de robar partes de mi personalidad y mis vivencias. El problema es que yo lo he creado para tener aquellos malos hábitos, por lo que es un hijo y un hermano al mismo tiempo.

Otro problema es aquel que una profesora, de quién tengo buenos recuerdos, nos planteó en una de sus clases, ejemplificado en aquel pequeño cuento llamado “Borges y Yo”, en el que hablaba el hombre detrás del escritor, o “El Borges íntimo” como me gusta llamarlo. No han sido pocas las veces en las que he compartido aquellas historias que he redactado y escrito en los 7 años que llevo haciendo esto como pasatiempo, y de la misma forma no han sido pocas las personas que me han mirado con otros ojos tras leer aquellos pequeños textos, hablándome de una buena redacción que invita a continuar leyendo. Y tengo este problema “borgiano”, pero al revés: veo que me hablan de un hombre que nadie conoce, que resulta extrañamente familiar a las profundidades de mi mente. Es en ella donde todo tipo de eventos y personas
viven y habitan sin control, esperando a salir en algún momento, representando facetas de personas que he conocido y conoceré en algún momento.

Divagar es lo fácil, porque todos tenemos anhelos que no hemos compartido y que nos atormentan o liberan. No es difícil estar en el metro escuchando música y hacer un recuento del día que va terminando, y hasta imaginarse la banda sonora de la película de nuestra vida. Una forma emocionante de imaginarse la vida es concebirla cómo una serie de televisión, o libros, donde los grandes eventos pueden ser finales de temporada, o la indicación de que esta parte de la historia o el libro mismo ha terminado y debemos esperar con misterio y expectación por la próxima entrega.

Pero este extraño en mi cabeza aprovecha todos estos momentos de tiempos muertos en mi día a día para hacerme pensar en su vida, llena de fracasos y malos momentos que le inundan y le hacen querer terminar su miserable existencia. Me dice que yo puedo terminar con su miserable existencia dejándole ir, olvidándolo. Pero ignora que nos necesitamos mutuamente, que sus sufrimientos son solo épocas pasajeras y que debe aguantar por un tiempo más, que necesito su sufrimiento para hacer más pasajero el mío. Pero tarde o temprano ambos nos liberaremos.

 Y cuando me miro al espejo es lo peor, porque vivo con el miedo de verme transformado en este hombre, que por alguna razón bauticé con mi segundo nombre, Fernando. Y ambos sabemos todo el uno del otro, por lo que nadie notaría que nos hemos reemplazado para seguir viviendo nuestras vidas. Y eso me asusta, por-que verme al espejo es un momento en el que sé que somos la misma persona, pero sometida a diferentes realidades, y que nos conectamos en aquel momento, donde no hay diferencias más allá de sutilezas en el estado de ánimo.

El momento que “Fernando” más odia son mis quiebres amorosos, porque él es quién es usado por mí para dejarlos atrás, para convertir aquella desagradable sensación del abandono y la tristeza en palabras que nutren su historia y reflejan la mía. Su vida se adorna con todas aquellas canciones tristes que suenan en mi vida, y todas aquellas historias y novelas que llegan a mí. A cada momento nos unimos más, lo que hace dolo-roso el momento en el que me voy a dormir, y es por estas historias, que me hacen pensar cómo cada uno de nosotros afrontaría estar en los escenarios que ellas nos plantean.

Pero a este individuo le debo un agradecimiento, por qué ha sido mi única compañía permanente, y siempre podemos conversar, aunque sea por breves momentos cada día. También me ha ayudado a conocer a otras personas que tienen esta misma dualidad que he descrito en este texto, ya que no estamos solos. Siempre veo a dos personas compartiendo una mente cuando hablo con otro escritor, y me pregunto si ellos tendrán esta misma relación de amor y odio que tengo con Fernando.

Por todo esto que he escrito, espero que quién lea esto aprenda a tener más consideración con los
escritores, ya que ellos harán inmortales a quienes realmente marcaron su vida, y no siempre esta inmortalidad es buena.



Mario Cárdenas
Estudiante de Ped. en Inglés

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