El debate sobre la libertad de enseñanza está encendido: por un lado el gobierno dice que la “libertad de elegir” de los padres está restringida por sus bolsillos, entre otras variables. Muy cierto por lo demás. Por otro lado, la oposición y los colegios subvencionados que se han organizado señalan que el Estado busca acaparar toda la educación y no dejar margen para proyectos particulares. Más allá de la discusión, no tan sustancial a mi parecer, acerca si él efectivamente otorga la libertad de educación, discusión de la cual
colegios particulares han pasado derechamente desapercibidos, quisiera hacer un análisis sobre un tema
muchísimo más de fondo: ¿Qué es la libertad de enseñanza? ¿A través de qué mecanismos se práctica? ¿Realmente a los estudiantes, Estado, apoderados, profesores y otros actores sociales les interesa tal cosa? ¿Se nota dicho interés en sus conductas? Vamos por parte.
La palabra libertad tiene muchas acepciones dado que tiene que ver con la naturaleza del hombre, cosa de la cual todavía queda mucho debate. Por lo pronto, me parece valido señalar que la libertad es una construcción más que un estado al cual se llegue de golpe sin más. En el fondo, lo importante es la intención “libertaria”, es decir, la búsqueda de ésta. No es por nada que en las distopías literarias el tema de libertad, en vez de ser discutido, es olvidado o reemplazado por alguna pantalla. En cuanto al otro término, tan polisémico como el anterior, me gusta definir la educación como el proceso de formación sociocultural del hombre en sociedad. Ahora, cabe preguntarse: ¿si un padre elige el colegio para sus hijos (y digamos que el estudiante también es consultado) queda hecha y terminada la “libertad” de educación?
Resulta totalmente irrelevante que el poder de decisión, tanto del apoderado como del estudiante, dentro de la institución quedan acotados a temas como elegir adonde ir para el paseo de curso o si eligen, una vez en 12 años de escolaridad, si va por la malla “humanista” o “científica” (¡que dicotomía más anticuada!) ¿Qué pasa si los intereses del estudiante iban por algo mezclado entre estas dos cosas o si bien quería algo más artístico? Me surgen más dudas al pensar en que inmensa mayoría de los colegios son, en los estructural, idénticos: ramos obligatorios, horarios de 8 am a 4 pm, inspectores, castigos, suspensiones, anotaciones
negativas o positivas, reunión de apoderados una vez al semestre, jerarquía de matemáticas-lenguaje-ciencias-humanidades-educación física- artes- tecnología- religión (sí, siempre en ese orden), notas, edificios aburridos con pinturas aburridas, gran parte de las pruebas con alternativas, preferencia notoria en preparación SIMCE-PSU, etc. ¿Te sientes identificado? Curiosamente notarás que muchas personas que fueron a colegios distintos, sin importar si este era emblemático, municipal, religioso, de regiones extremas, privado, subvencionado, etc. tienen en común muchas otras cosas.
Qué curioso… ¿No se supone que tus padres eligieron un colegio “especialmente para ti” o que “te va a acoger como eres”? Entonces ¿qué sentido tiene la libertad de enseñanza si no es realmente ejercida? ¿Qué elección hay si casi todas las opciones son iguales? A mi parecer, poca o nula. Lo más irónico de esto es que al que se le acusa de ser el gran ausente de la educación, el Estado, es uno de los factores más
influyentes en lo descrito. El Estado tiene la educación por el mango, aunque no lo crean. Se preguntarán “¿Pero, cómo lo hace si ni siquiera tiene propiedad de colegios?” (los colegios municipales son municipales). Bueno, a través del SIMCE y la PSU. Ambas pruebas determinan el destino de muchos colegios: los buenos o malos resultados determinan si el colegio recibe fondos extras, o bien cierra o quiebra. El Estado pone las reglas. Si no te gustan, tienes mucha plata para funcionar al margen de su dictamen (aunque curiosamente a los colegios particulares también les encanta enfocarse en estas pruebas), o bien se trata de una institución al margen del sistema que lucha para sobrevivir.
Me resulta más llamativo que en la reforma ni siquiera se toquen ambas pruebas que ordenan que los colegios trabajen, literalmente, para producir puntajes. No obstante, hay otras cosas que no se explican y no tienen que ver con la PSU o el SIMCE: ¿Por qué los padres, inclusive en colegios donde pagan en que se supone que tendrían más poder de decisión, no toman un rol más preponderante? ¿No hay tiempo? ¿Falta interés? ¿No saben de “educación? ¿Sus experiencias escolares son tan malas que no tienen nada que decir? ¿O lisa y llanamente no hay espacios de poder?
Milton Friedman, aquel “Dios del neoliberalismo”, decía que en los colegios que estaban bajo el control de los padres en EE.UU funcionaban muchísimo mejor. Un ejemplo notorio de ello son las escuelas de Harlem en Nueva York. El Nobel de Economía argumentaba que esto era posible porque los padres conocían mejor que nadie la realidad de sus hijos, mientras que los colegios tomados por los burócratas (el Estado) eran malos, dado que restringían las libertades, no empoderaran a los padres y aplicaban reglas generales sobre casos particulares. Lo interesante de esto es notar que el movimiento estudiantil tiene una posición un tanto similar a la de Friedman. La discrepancia entre ambos bandos ideológicos parece residir en la propiedad del establecimiento, cosa a mi parecer secundaria, versus los espacios de poder que se otorgue a la comunidad escolar para empoderarse de la educación de sus hijos, o bien, que ellos mismos se encarguen más libremente de su formación.
Ahora bien, hemos de reconocer que el sistema de educación privatizador que reina hace 34 años en Chile no se ha caracterizado por ser un estandarte de la libertad y mostrar otros caminos en la educación formal, por tanto, es al menos un intento poner la esperanza en un sistema de propiedad estatal. Sin embargo, ¿qué garantías tenemos que no se caiga en lo mismo? Una escuela doctrinaria por parte del estado puede ser tan letal como el actual sistema mercantil educativo.
En síntesis: un sistema educativo que se plantee las preguntas aquí expuestas, y partir de sus reflexiones delegue un poder de decisión a los distintos actores educacionales, y no lo concentra en el dueño como si este fuese el dueño del destino de los estudiantes dado que sus padres eligieron esa escuela, se acercará “a la libertad de enseñanza. O mejor aún: a la enseñanza de la libertad “.
Benjamín Guerra
Estudiante de Pedagogía en Artes Musicales

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